unque el equipo fue profesional y colaborativo, la gestión de recursos humanos en España presentó varios desafíos. La empresa, con espíritu de start-up, intentó adoptar una estructura más rígida en poco tiempo, sin una transición clara ni una comunicación efectiva.
Se me asignó una responsable directa sin previo aviso, ubicada en otro país, y se esperaba que todas las decisiones pasaran por ella. Esta situación generó confusión y una pérdida de autonomía, sin considerar adecuadamente las diferencias culturales ni la distancia geográfica.
La gestión local de RRHH mostró falta de coherencia. Aunque en el día a día se transmitía una valoración positiva del trabajo, en las evaluaciones internas se destacaban aspectos negativos que no se habían mencionado previamente. La implementación de las evaluaciones de desempeño fue especialmente complicada: fui evaluada por alguien que no conocía mis funciones ni había tenido reuniones formales conmigo en más de dos años. A pesar de recibir una valoración positiva y mostrar siempre disposición para mejorar, tras solicitar una revisión salarial acorde al desempeño, se me comunicó la finalización de mi contrato dos meses después.
Al momento del despido, no se me permitió despedirme del equipo, con quienes siempre mantuve una excelente relación. Hasta la fecha, no he recibido una explicación clara por parte de la dirección sobre los motivos o posibles áreas de mejora. Fue una forma de cerrar el ciclo que me dejó una sensación de incomprensión, especialmente porque valoré mucho mi etapa en la empresa y siempre procuré hacer bien mi trabajo.